El encuentro con el otro ya es común, no importa quién es, para donde va o que quiere, no interesa entender ni conocer a las personas, solo importa el “yo”. Los cuestionamientos ¿Cómo debemos comportarnos con el Otro? ¿Cuál debería ser nuestra actitud hacia él?, que plantea Kapuscinski se han dejado a un lado.
Ya no se construye una muralla física para separarnos unos de los otros, pero sí se crean en el imaginario. Si este es distinto a mí, piensa diferente, se viste diferente, le gustan cosas diferentes, no es compatible; por ende no me importa o lo que piensa no es válido. Además si no comparte de la misma ideología mía es menos posible entenderlo, es más fácil juzgarlo y criticarlo. Como lo expresa el periodista polaco “…el fracaso del hombre: no supo o no quiso llegar a un entendimiento con el Otro”.
Parece estar aún vivo el pensamiento del apartheid, donde según Kapuscinski, sus adeptos pregonaban: "Cada uno es libre de vivir como le plazca, siempre y cuando esté lo más lejos posible de mí si no pertenece a mi raza, religión o cultura".
En el texto “El encuentro con el otro según la ética de Levinas” de Aljoscha Begrich se expone, por ejemplo, que la base de la acción comunicativa, al igual que el aceptar al otro solo tiene éxito si el otro acoge el acto tomando postura y aceptando entre los participantes las pretensiones de validez que hay en sus posturas para llegar a un consenso.
Así pues, la aceptación del otro es la clave para reconocer la diferencia, la validez de sus argumentos y la posición que tiene del mundo. Pero en la actualidad estamos en un crisis precisamente por esto, porque no reconocemos esa diferencia, estamos tan preocupados en sí mismos que queremos que todo gire a nuestro alrededor y todo sea conforma a lo que deseamos.
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